lunes, 24 de mayo de 2010

Yo también quiero bis, ¿y qué?

Por LUNES

Hay una frase célebre, famosísima, una de las que más verdad dice de la vida: "Todos tenemos un niño interno". Confirmamos esto cuando esperamos cada año los regalos de navidad (aunque sea un bombacha o un par de gomitas para el pelo), cuando saludamos en chasco a nuestras amigas en el Día del niño, cuando recordamos los dibujitos de nuestra infancia añorada que aún seguimos viendo, cuando buscamos los videos de Chiquititas en Youtube o cuando la envidia nos asomas si vemos a los chicos en el pelotero o el laberinto.

A veces ese niño interno nos da vergüenza, hasta que lo aceptamos y ya no. Algo así me sucedió este domingo cuando la hora de entrar al Metropolitan 2 se acercaba. Mi "hermanita", a la que invité, estaba en el mismo estado que yo. Ninguna de las dos tenía excusa para estar entrando a ESE teatro de la Calle Corrientes ese día, a esa hora en la que el cantante "infantil" Luis Pescetti estaba por empezar a tocar. Ninguna de las dos tenía excusa porque mi "hermanita" tiene 17, llega casi al 1.70 m. y con nosotras no iba ningún "infante".

Pero mientras Mamá, yo quiero bis se iba desarrollando no nos sentimos tan desubicadas. El show dio sus primeros esbozos cuando la luz seguidora iluminó una pareja que empezó a bailar una cumbia invitando al público a hacer lo mismo. Pocos se animaron y al ritmo de los niños vitoreando "Luis Pescetti, Luis Pescetti" fueron contados los valientes que se atrevieron a bailar. Pero cuando la música se detuvo, y las luces se apagaron la pequeña sala se llenó de gritos y aplausos de padres de hijos y de algunas cuantas personas desubicadas como nosotras.

Pescetti comenzó a tocar con su guitarrista, a los que luego se sumaron el contrabajista/bajista y el organista. Entre chistes y juegos Luis cantó solo y acompañado, seguido por un coro de lujo formado por papás, mamás y chicos. Varios se ayudaron con las pantallas que estaban ubicadas detrás del cantante para seguir las letras, pero la mayoría conocía los shows del artista y todas sus canciones (presentadas la mayoría el año pasado en el mismo show). Ellos fueron los mismos que participaron de los clásicos juegos que plantea el cantautor y ninguno quedó sin reirse de sus chistes y guiños de doble sentido dedicado a los "grandes".

El escritor argentino no tuvo problemas de frenar alguna que otra canción para empezar de nuevo, exigir el acompañamiento el público, cambiar el ritmo de algún tema o retomar cuando se equivocaba alguna letra. Pero estas cosas, que en otras ocasiones y otros músicos se convierte en una tragedia, para Pescetti y su show se convierte en una divertida anécdota incluso forma parte de su esencia. Aunque a veces complicó la vida de aquellos que manejaban las pantallas ,no tuvo inconveniente de retroceder y adelantar a su gusto siempre con el consentimiento de sus músicos y, obviamente, de su público.

Las luces cumplieron una función fundamental también. A veces acompañaban el color de fondo de las pantallas, otras servían al protagonista de la tarde para ver a su público (sin esas molestas luces de frente que no permiten ver nada a los que están en el escenario) para controlar muy de cerca a quienes bailaban, jugaban y participaban.

El cantante hizo un recorrido por los temas y juegos que presentó en Mamá, yo quiero bis en el 2009. Además hizo un bis, que más que eso fue una recompilación de sus clásicos como La Sardina, Ay Lilí, Vampiro Negro y Los Changos.

En un show que pretendió ser educativo Luis Pescetti habló y cantó de temas como la convivencia, los miedos, la dificultad de ser varón y hasta de mi "colega" el crítico literario Harold Bloom quien escribió acerca de Harry Potter. Pero ¡que suerte que Bloom no escribió los Programas de Lectura! porque a nosotros nos gustó Harry Potter, y cantamos que lo leímos y nos gustó; y nos gustá Pescetti y lo fuimos a ver.




Era una ballena gorda, gorda. Juego



Los changos. Uno de sus clásicos

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